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En recuerdo de don José Antonio Rodríguez Jiménez PDF Imprimir E-mail
Escrito por Bartolomé Pérez Botello   
Lunes, 14 de Mayo de 2012 16:24

Cuando un amigo se va, queda un es­pacio vacío que no lo puede llenar la llega­da de otro amigo”.

Hace días mi madre me comunicaba la fatal noticia… “ha muerto Don José”, y de golpe sentí un gran dolor, porque Don José era como de mi familia. Y sí, para mí siempre fue Don José, aunque él mismo me intentase corregir el hábito de tantos años de cariño y respeto hacia él diciéndome: “Llámame Pepe, hoy to­dos mis alumnos lo hacen. Además, tú ya tienes más titulación que yo”. Pero yo no podía hacer eso porque había sido mi Maestro, más aún, mi Maestro Fa­vorito, y esa distancia entre ambos, por otra parte cercana y afectuosa, no podía esfumarse por muchos títulos que una persona tenga más que otra. Es más, me resultaba realmente chocante que mi so­brina, más de veinte años más joven que yo y alumna suya, le llamara Pepe. Me parecía una falta de respeto llamar por el simple nombre de pila a una persona y un docente de su talla, excepcional en todos los casos, aunque por supuesto ella no lo hacía con esa intención.

Cuando un amigo se va, queda un ti­zón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río”.

Creo que fue por el año 81 cuando me dio por primera vez clases, en 3º de la extinta enseñanza general básica (EGB). El vivía con su señora en una de las “casitas de los maestros” que es­taban al lado de los colegios Miramar y Reina María Cristina. Es más, recuerdo cuando nació su hijo, que fui a verlo a su casa, y hasta recuerdo un cubo de rubik redondo, que todavía poseo, y que no sé porqué motivo me regaló un año. Pero lo que más recuerdo, lo que más ha cala­do en el fondo de mi ser, era su carisma como profesor, su bondad como perso­na, sus clases que sólo él sabía amenizar, y de qué manera, para que no resultaran tediosas y por supuesto, sus constantes palabras de aliento y apoyo.

Cuando un amigo se va, una estrella se ha perdido, la que ilumina el lugar dón­de hay un niño dormido”.

Suscribo todas y cada una de las pa­labras de Rafael López en La Higueri­ta del 15 de abril. Buen amigo, maestro querido y respetado, persona bonda­dosa, responsable, modesto, humilde, un bendito, gran maestro y mejor per­sona. Para mí, además de todo eso, era, es y será un referente, porque hoy soy yo quien se dedica a la enseñanza, y todo lo que él me enseñó, y no me refiero a las capitales de Europa o a los ríos de Espa­ña, me refiero a su grado de implicación con sus alumnos, al respeto y afecto que nos profesaba, la ilusión y erudición que imponía en sus clases, la protección y orientación que nos brindaba, y un lar­guísimo etcétera, intento aplicarlo en mis clases.

Cuando un amigo se va, se detienen los caminos y se empieza a revelar el duen­de manso del vino”.

Sentí mucho la noticia de su defun­ción. Siento mucho más sus dos años largos de sufrimiento por una despiada e injusta enfermedad, y egoístamente, lo que también siento es que no voy a poder volver a verlo como casi todos los vera­nos paseando por la Gran Vía, dónde casi siempre nos encontrábamos, char­lar con él un rato, ver su característica e inquebrantable sonrisa que siempre me dedicaba y escuchar como con su timbre de voz nasalizado siempre me pregunta­ba por mis “logros”, cómo él los llama­ba. Esos momentos eran entrañables, ya que me retrotraían a mi infancia en Isla, a mis días en el Reina Mª Cristina, a los días que él tutelaba mi conocimiento.

Cuando un amigo se va, queda un te­rreno baldío que quiere el tiempo llenar con las piedras del hastío”.

Desde mi “exilio laboral” en Grana­da, también siento no haber estado en su funeral, para presentarle mis respetos, pero no se preocupe Don José, que se los presentaré cada día del resto de mi vida intentando aplicar en mis clases todo lo que usted me enseñó, su buen hacer, su personalidad extrovertida y amigable, su profesionalidad, maestría y devoción por una profesión, y sobre todo, por un alumnado en los que a veces, los profe­sores no somos realmente conscientes de lo que podemos influir, como usted influyó tan positivamente en mí.

Cuando un amigo se va, se queda un árbol caído, que ya no vuelve a brotar por­que el viento lo ha vencido”.

También suscribo con Rafael López el orgullo que siento por haberle cono­cido Don José, por haber sido alumno suyo y posteriormente amigo y le doy especialmente las gracias, lamentable­mente a título póstumo, por haber sido una de las figuras que mejor ha moldea­do mi mente y mi espíritu. Gracias Don José.

Cuando un amigo se va, queda un es­pacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”.

Descanse en paz. Mi más sentido pésame a su familia, amigos y a todas las personas que como yo, lo admiraban y lo querían.

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