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No todas las personas son iguales.
Días pasados fui al cajero a extraer dinero mediante mi tarjeta. Hecha la operación, regresé hasta mi casa, a prisa porque ni siquiera me protegía con el paraguas, debido al viento y la lluvia. Mi sorpresa fue que al llegar, me toqué el bolsillo donde debía estar mi cartera, y ésta no estaba en ninguno de los bolsillos de mi chaquetón y de mi pantalón. Por lo que, rehecho de mi desagradable sorpresa, de inmediato, tomé otro paraguas y volví a la oficina. Como era sábado, ésta no estaba abierta. Y en la puerta había un grupo de mujeres de nacionalidad rumana a quienes pregunté si podían abrirme la puerta pues la tarjeta me la había quedado en la cartera. Amablemente me cedieron su tarjeta y abrí; no si antes decirles cuál era el motivo de mi prisa y de mis nervios.
Ellas me respondieron que mi cartera estaba en el propio cajero, en la parte derecha donde yo me la había dejado. Y así fue. ¡La habían visto y ni siquiera la habían tocado! En ella tenía 20 euros, más toda mi documentación. Y no me faltaba nada.
Mi sorpresa fue tal, que di besos a tres de ellas, mientras les daba las gracias; y al tiempo les decía que eran mal miradas y desprestigiadas por los múltiples delitos de todo tipo que se les atribuyen a muchos de sus compatriotas.
Con su sonrisa me dijeron que no; que ellas vienen a trabajar, no a delinquir. Por eso no tocaron mi cartera. Les pedí perdón por mi duda y desconfianza. Al final tuve que ayudarlas a sacar su dinero, el dinero de su salario por su trabajo, pues apenas si entendían cómo hacerlo. Les prometí que las pondría en nuestra “Higuerita”, para que se supiera de la honradez de su gesto.
Públicamente doy las gracias a esta pobre gente que ha tenido que salir de su tierra, de su país, a la búsqueda de un trabajo para conseguir un salario con que sobrevivir.
¿Acaso no está ocurriéndonos lo mismo a nosotros?
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