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Para que todos sepan que no ha muerto, artículo de Augusto Thassio PDF Imprimir E-mail
Escrito por Augusto Thassio   
Martes, 31 de Enero de 2012 16:02

Como el poeta, Horacio Noguera murió para que todos se­pamos que no ha muerto.

Que no toquen las campanas; no son necesarios sus tañidos.

Han pasado siete años desde que, en un febrero loco y ena­morado, borracho de vida, Horacio nos dejó de pronto, sin de­cir una palabra, agarrado a la cometa del silencio que cabecea­ba, azul y violeta, por las marismas del Matapiojo.

Él, que tanto hablaba y se imponía con el persuasivo tono de su voz, que tanto gritó y cantó y defendió “últimas palabras lapidarias” cuando se trataba de la organización de actos cul­turales o proyectos globalizados en torno a las distintas ma­nifestaciones artísticas, se negó a las parafernalias de adioses, al contrato de plañideras y rezadoras..., y al perdón de los que, días antes, le habían abucheado e insultado públicamente en­cima de un escenario.

Prefirió entornar sus azafranados párpados y caer desplo­mado en el abrazo blanco de sus sábanas que, sin ser de Ho­landa, supieron acogerlo y envolverlo para recitarle al oído un trágico romance no escrito, que él tan bien conocía.

Que no toquen las campanas; no son necesarios sus tañidos.

Han pasado siete años de aquel febrero borracho de vida.

Horacio Noguera se fue para ser remolino en el viento, sal­picadura de agua en las orillas, susurro verde en el verde de los pinos, nombre de plata colgado a la puerta de un teatro, cari­cias en los amaneceres isleños y repeluco en las últimas luces de la tarde cuando los marineros se quitan las botas de agua y la ría deja escapar culebrillas lumínicas para que serpenteen entre los barcos.

Se fue no queriendo saber nada de flechas, martirios ni san­tificaciones, tampoco de confesiones transformadas en versos que escribió aquellas tardes de marea baja y olor a fango. Ver­sos que deberían hacerse públicos, porque no sólo el amor se columpia en la luna creciente del cine, sino también en papeles mojados por lágrimas de la ausencia y el dolor de los desen­cuentros.

Se fue indiferente a los dejos de la copla, cuyo sentimiento compartía en un ruego desesperado: “que no me quiero ente­rar, no me lo cuentes vecina, no ves que lo sé de más...”

Indiferente a su exquisito salón convertido en garaje, a sus pertenencias de sueños concretizados ahora esparcidos en amarillentos recuerdos.

Su nombre es un grito dentro del teatro, en cuyo telón, “un mar de luz” invita a los espectadores a sumergirse en un oleaje de marea creciente que les lleve a las estrellas donde, cada 13 de febrero, se reciten versos de amores desgraciados y se suelten cometas de colores que se enreden en el verde grisáceo de las zaperas.

Que no toquen las campanas. Aquí no hay duelo alguno.

Horacio Noguera murió hace siete años para recordarnos, cada día, que continúa vivo.

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