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El viento puede dejarnos ciegos e insensibles al tacto y con la boca abierta ante un sorprendente descubrimiento.
Hay que cerrar los ojos para que el viento no nos borre el recuerdo ni nos sepulte la conciencia de lo que fuimos y somos.
Caprichos son del viento las acumulaciones de arena que, al no ser cubiertas por las pleamares, terminan siendo tierras emergidas que acaban unidas a la costa o desapareciendo de nuevo, tragándose el engaño de los que creyeron en la firmeza del suelo, sobre la que construyeron “soberbias babeles” de confundidas lenguas.
Así, en un plano de nuestra costa, de 1840, se contempla la triangular y enorme Isla Isabela (hoy desaparecida), el islote Cabeza de la Sal, Isla de San Bruno, Cabeza del Pozo... Cabezas sobre las que el viento se enreda entre su, cada vez más numerosa vegetación de juncos y retamas, depositando arenas dunarias que corren formando caprichosas jorobas, móviles y cegadoras.
Un claro ejemplo, es la emergida Isla de la Gaviota, sobre la que la mar continúa vomitando fondos, haciéndola crecer y engordar ante la reverencia de las olas. Y, precisamente, me contaron cuando yo era un niño, frente al nuevo islote y en continuación a los pocos pinos que nos queda en este extraordinario enclave, se extendía un soberbio pinar que se confundía con el lejano horizonte. Terreno sumergido actualmente.
Hay mucho que hablar y escribir sobre este tema, desde el hundimiento, hace más de 10.000 años (según Platón), a la emersión tras el Terremoto de Lisboa, 1755, pasando por el siglo I d.c. que, bajo el dominio romano (Augusto, Tiberio, Nerón y Vespasianos) nuestra costa fue sembrada de villas y factorías pesqueras, (en las que se fabricaba el cotizado garum), como Punta del Moral, Playa del Hoyo, uno y otro lado de la cegada Barra de la Tuta, La Redondela, La Antilla, El Rompido, El Portil, Punta Umbría....
Hace unos días me alegré muchísimo al leer, en nuestra Higuerita, la noticia del descubrimiento de una ciudad romana en la desembocadura de nuestra ría ¡a ocho metros de profundidad!, probablemente de la misma época que los anteriormente nombrados asentamientos: Punta del Moral, conociéndose un mausoleo edificado junto a la vieja calzada; de la Viña, en La Redondela, una necrópolis y pilas de salazón, amén de varias villas detrás del camping; de Punta Umbría, con pilas de salazón y una enorme necrópolis... Demostrándose una vez más que la sangre, aunque se mezcle con la sangre, permanece por encima de apellidos, tableros y encajonamientos. No sé si me explico.
Espero y deseo febrilmente, que el agua y el viento nos saque a flote esos retazos de historia de la que perdimos nombres y norte, y que lo más pronto posible, nos los devuelva para que recordemos lo que somos, fuimos y de dónde venimos antes de “fundadores”, “padres” y “patronos”...
Pero no nos preocupemos. Echemos las culpas al viento.
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